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Tecnologías tóxicas
No cabe duda de que las posibilidades son tremendas. Las tecnologías de información y comunicación (TICs) prometen grandes avances para la humanidad. Las leyes de Moore, Reed, Metcalfe y compañía hace tiempo que nos han lanzado a un progreso de una velocidad endemoniada. La gran revolución está aquí. ¿Estamos ante nuevos ecosistemas que se renuevan por segundos? Quizá es simple locura.
Porque las personas somos seres limitados. Disponemos de un equipamiento de serie que nos conecta al mundo a través de los sentidos. Aún no tenemos wifi incorporada aunque seguramente habrá investigación en curso. El genoma humano empieza a aparecer desde las tinieblas y quizá algún equipo de investigación ande hurgando en el gen de la conexión inalámbrica.
En el mundo que me rodea -empresa, universidad, investigación- veo torpes digitales en extrañas cantidades. Extrañas por lo elevadas. Hace poco en un foro de doctorandos trataba de explicar cómo usar las fuentes RSS y los sistemas de etiquetación social. Iluso de mí, pensé que un par de horas serían suficientes. Craso error. Hubo que hacer dos pequeñas jornadas para irme al doble del tiempo del que había previsto.
Así que allí tenía a personas supuestamente inteligentes y cultas escuchando cómo la tecnología podía ayudarles. Pero no, hay algo que se levanta en medio de este tipo de comunicaciones. No sé si es un gen atávico que se esconde en las profundidades de la naturaleza humana. No sé si es el natural desbordamiento que produce darse cuenta de que las TICs avanzan de una forma bestial, absolutamente inhumana. Las ciencias avanzan una barbaridad. Ya lo sabíamos.
Siempre he pensado que hay que engrasar a las personas para generar el cambio. Si las TICs no son capaces de sintonizar con la onda humana, van a generar un rechazo curioso. Van a ser las grandes promesas odiadas por una buena parte de la población. Y no hay que mirar sólo a esa parte de la población que padece tecnofobia. También tenemos que tener en cuenta que el rechazo hacia la tecnología puede producirse si percibo que está invadiendo terrenos de mi privacidad por muy tecnófilo que yo sea. Y esto también ha llegado. Y muchos jóvenes quizá no entiendan por qué esas TICs tienen que entrar hasta tan dentro de sus vidas. La identidad de dominio público no gusta a mucha gente celosa de su privacidad. Pero, ¿puede ser de otra forma?
Los humanos aprendemos a través de procesos sistemáticos y continuos. Es lo más habitual. Ya sé que también hay grandes saltos, grandes traumas, experiencias intensas. Pero sólo pueden ser unas pocas. No puede ser el método habitual de aprender. La forma más extendida supone que aprendemos a través de la incorporación progresiva de pequeñas habilidades que vamos incorporando a nuestro repertorio de conductas. Es el aprendizaje amable.
Si las TICs, que presumen, cada día más, de ser sociales, no acompasan su paso al de la persona, vamos a entrar en un conflicto. Y, claro, las TICs llevan una velocidad inhumana. ¿Cómo van a ralentizar su avance? No sé si estamos ante un problema irresoluble.
Me gusta hablar de tecnología amable. Cuando encuentro detalles amables los agradezco. Pero hay barreras tremendas: la jerga, la complejidad de uso, la especialización de las personas que trabajan en las TICs, el bloqueo de algunas personas usuarias, las grandes promesas no cumplidas (por ejemplo, los ERPs en las empresas). Es un terreno de desconfianza donde los humanos se mueven con cierta dificultad. Se saben inmersos en un mundo que camina deprisa y que, a veces, en vez de simplificarle la vida, se la complica.
Por eso escucho más veces de las deseables que a la gente le gusta desintoxicarse de vez en cuando. ¿Cuál es el tóxico? Bien fácil, las TICs, Internet, el ordenador. ¿Tecnologías potencialmente tóxicas?

Me uno al grupo de personas que nos desintoxicamos periódicamente.
Hacía tiempo que ningún gadget lograba impresionarme hasta hace unas semanas, un detalle sin aparente importancia me dejó boquiabierta.
Fui a renovarme el DNI. En algunas comunidades ya nos están repartiendo el nuevo que funciona como una tarjeta electrónica, puedes acceder a tus datos y supuestamente presenta un montón de ventajas.
El motivo de mi absurda sorpresa fue el momento en el que, en vez de impregnar el dedo en tinta, debes apoyarlo en un sensor. Al introducir el dedo en el aparato, inmediatamente salieron en pantalla todos mis datos: nombre, familia, residencia, vida laboral… ¡Sólo por apoyar el dedo en una superficie metálica!
¿Seguro que la placa jamás confundirá mis huellas con ninguna otra? ¿Seguro?
Ciertamente da un miedo… ¿o no? No lo sé. Por si acaso, mejor estamos alerta.