|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
Las andanzas de
nuestros colaboradores
por la blogosfera
dossiers
Cada mes un riguroso
informe de tendencias. El
futuro está aquí.
especial
elecciones usa
Crónicas escritas a 300
metros de la Casa Blanca
y una firma de lujo para
seguir la campaña más
emocionante.
generaciónfeevy
Todos nuestros bloggers
en un portal feevy. Con
feevy ya nada será igual
en la blogosfera.
gadgets
&diseño
sex
Publicidad
El fin del absurdo y la muerte de los absurdos (por la libertad de emitir)
Es una de las más raras materias que puede encontrarse de entre las buenas intenciones que suele defender el común: el hecho incomprensible e inexplicable de que todo el mundo acepta que debe haber libertad para abrir un periódico, que el periódico pueda publicar toda la publicidad que le dé la gana sin restricción de páginas; el hecho de que ninguna radio tenga limitaciones en el tiempo que dedica a la publicidad y la contradicción de que nada de eso es válido para la televisión. Más me asombra que todo eso no conduzca a motines ni algaradas: nunca veremos a los actores defendiendo que haya más sitios donde puedan hacer su trabajo.
A más a más, en cualquier conversación con el hombre de la calle, no es la limitación de esa cosa que se llama “el espectro” como argumento de oro para amparar el control gubernamental de la información y el entretenimiento, es más bien la invocación a una supuesta independencia informativa de los grandes grupos económicos y empresariales que nos salvaría de sus abusos y seguras manipulaciones garantizando el derecho más esotérico e irrelevante que contiene la Constitución Española: el derecho a la información veraz. Más mágico es que eso pueda dejarse en manos del mismo que tiene la policía a su cargo. Siglos de filosofía para saber lo que es la verdad y en cierta forma concluir que sólo podemos saber lo que es falso, como para que los padres de la patria encontraran la piedra filosofal. Pero los enemigos de la libertad encontraron en ello el truco para supervisar lo que decimos y hacemos, en forma de una supuesta veracidad, protección de la moral y las buenas costumbres y los sagrados nombres de España, Cataluña o sus banderas y héroes nacionales. Es la misma clase de héroes que quieren conseguir en EEUU que quemar una bandera sea delito.
También encuentran los hombres de buenas intenciones razonable que los gobiernos intervengan prohibiendo interrumpir programas de televisión (con publicidad, qué asco), tratando de proteger a esos pobres idiotas que no saben lo que les conviene y que podrían ser manipulados por cadenas canallas que ponen anuncios en medio de las noticias. Barbaridad incomprensible, pues pueden ver anuncios en un periódico mientras leen noticias, pero sería malísimo que eso saliera por una caja electrónica. Hay quien pretende que con eso se protege la integridad de las creaciones de las obras cinematográficas, la experiencia concebida por el artista (y que paga el productor) para que no puede ser alterada bajo ningún concepto. A nadie se le ocurre que el abuso de la publicidad expulsa al espectador, se pierde la atención y se regula por sí mismo: una televisión compra espectadores (su atención) para ponérsela a un anunciante que paga por ella.
Todo esto lo que hace es una televisión más difícil de rentabilizar, menor oferta de contenidos, más dificultad para correr el riesgo de crearlos, etc. pero sobre todo hace (o hacía) una televisión al gusto de las convenciones morales que los políticos creen que tienen sus votantes y ganarse su favor: ese pequeño censor que todos llevamos dentro. El último grial es el de la calidad y la nauseabunda y cansina reiteración del mito BBC, esa televisión que seguro que nuestro presidente del Gobierno no ha visto pero que todo lector de El País recita como ejemplo de independencias y calidad mundial a imitar y seguir. Y no saben que seguramente se aburrirían.
Adviertan que toda la argumentación en pro del control de los contenidos, los espacios publicitarios y hasta las concesiones públicas de televisiones y radios es, simplemente absurda, racionalmente insostenible y simultáneamente defendida con denuedo como si no fuera una excepción evidente de la realidad imperante para cualquier otro tipo de contenido. Es igual: no se puede convencer a casi nadie porque de antemano aceptan que la pesada carga del control de las imágenes en movimiento y del sonido que llega por el aire es algo tan real como los amaneceres y los anocheceres. Se supone que tres generaciones europeas asumiendo que la tele era una cosa del gobierno tiende a anular la voluntad propia, aunque nadie lo acepte para esas cosas impresas en papel y que llevan noticias.
Esta nota es para anticipar su muerte (muchos lo cuentan ya), la del absurdo y los argumentos de los absurdos que lo sostienen: lo que llamamos televisión ya es red y pronto sólo serán red. Ojo, porque los héroes ya andan especulando con que deben proteger al público, que es idiota, de que a través de la red se pueda emitir cualquier cosa sin pedir permiso y sin que la publicidad se someta a normas tremendas para defender la supervivencia de algún lobby. Ya somos conscientes de quienes quieren arrogarse el derecho a cerrar servidores. Cualquiera puede oficialmente montar un canal de televisión por satélite, pero eso no asusta a ningún gobierno por los costes que tiene y la limitación de audiencia que introduce. Pero el malvado internet, no.
Allí todo el que quiera puede poner el contenido que le dé la gana a la vista de todos: la batalla política de este primer siglo XXI va a ser la protección de la libertad para instalar servidores y servir contenidos y, como pasaba con las imprentas y fotocopiadoras, evitar las licencias previas, las numeraciones, los depósitos legales y, con ello, la libertad de emitir. Libertad de emitir, esto es nuevo: no hay éter ni espectro que sirva de excusa. El texto era peligroso, las fotos una amenaza, la televisión (¡interactiva!) el diablo. Chávez no puede impedir que las teles que cierra puedan emitir por internet. Los ayatolás tratan de prohibir desesperadamente que la gente tenga parabólicas, también Fidel Castro, pero no podrán cerrar todas las formas de acceso a las redes y querrán prohibir que se haga televisión sin permiso, sin pasar peajes sin autoridades que supervisen… Verán como en la vieja y democrática Europa surgen defensores de los niños y las ancianas que quieren que, de alguna forma, no sea posible pinchar donde quiero o ser pinchado donde quiero. Estén atentos a sus pantallas que querrán protegerles de sí mismos.

Ya, mr Berlín, pero ha de haber excepciones, si se emiten imágenes que resulten un daño irreparable para, pongamos, un menor, ¿lo haría? claro que no, hablemos de quien limita y que se limita, porque es obvio que todo a monte no puede ser, no todo el mundo es tan sensato como vd.
“daño irreparable a un menor”
Me lo tiene que explicar. Todavía no he conocido ningún menor con daños irreparables por ver algo en la tele. Sobre todo me tiene que explicar por qué tomado de un quiosco no habría daño irreparable. O por qué en la radio el daño irreparable es imposible. Otra cosa es que le saquen, pero para eso está el código civil.
No vale decir: “es que pueden ver la tele solos”. Haga de padre y desenchufe.
Ya, ya, en eso de acuerdo, me refiero a sacarlo, no a que vea nada, o sea, si, al código civil. Me encanta eso de “haga de padre y desenchufe” en efecto, lo tomo prestado.
Totalmente de acuerdo, Berlín.