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Tecnomanía, tecnofilia, tecnofobia y otros trastos

Apple Fan Las imágenes mediáticas sobre la última epidemia de compra frenética, la del telefonillo Apple iPhone, nos mostraron multitudes acampadas ante los Apple Stores de medio mundo como fans a la caza y captura de entradas para un megaconcierto de rock.

Dejemos aparte el espectáculo, la publicidad, la creación de clientes-fan, el papel de Apple en la cultura de masas o, pura y simplemente, la alienación más rampante. Alguien lo estará analizando por ahí. A mí, en cambio, me llama la atención cómo se trata el concepto “tecnología” en los relatos periodísticos. He espigado algunas expresiones calificando a los fans de Apple como “aficionados a la tecnología”, “tecnófilos”, “tecnomaníacos”, “fans de la tecnología” y, mi favorita, “tecnólogos”(!). Según esta última acepción, me compro un BMW y ya soy …¡ingeniero automovílistico!

Más allá de lo que todo este baile de nombres revele sobre la apresurada rutina periodística, quiero preguntarme qué concepto de tecnología andamos manejando si su icono es un hombre de mediana edad con evidente sobrepeso que sale pegando saltos de un Apple Store, exultante, un iPhone en cada mano y alzados los brazos en signo de victoria.

Me cuesta relacionar al felicísimo comprador mañanero de iPhones con el concepto de tecnología tal y como lo emplea, por ejemplo, Eudald Carbonell. Nuestro antropólogo de Atapuerca asegura que la tecnología nos distingue como especie y es justamente lo que nos hace humanos. Para Carbonell, además, la tecnología es un campo de creación de conocimientos. La ramita con la que, pongamos, hurgó algún Homo Antecessor no sólo le hizo pensar en las herramientas sino también en el proceso de crearlas. Generó conocimiento que hubo de transmitirse, cultura. Algo así viene a decir Steve Mithen en su obra sobre la mente prehistórica (The Prehistory of the Mind). El hallazgo de tecnologías diferentes en una excavación, recuerda Carbonell, es indicio de la aparición de culturas y organizaciones sociales diferentes. Fuera del recurso metodológico que esto pueda suponer en el trabajo de Carbonell, estas aseveraciones reflejan una concepción de la función de la tecnología coherente con su enfoque marxista (cultura como superestructura sobre lo material, etc.)

Artur Serra, por su parte, desde una escuela antropológica centrada en lo cognitivo y lo simbólico, remacha el clavo al mostrar cómo la forma de construir conocimientos propia de la tecnología actual alumbra una cultura nueva. Él y otros la denominan “cultura de diseño”, a veces identificada con la Tecnocultura. La creación de conocimientos característica de esta cultura consistiría en la reflexión sobre la acción proyectada en el futuro con el fin de construir algo. Eso es diseño.

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La reflexión sobre el diseño indica que la tecnología genera un conocimiento que está más allá del aprendizaje propio de la artesanía pues, mayormente, éste correspondía a variaciones sobre patrones heredados. El diseño también se desmarca del conocimiento de la era industrial. Entonces la tecnología era más ingenieril. Además, se sometía a otras formas de conocimiento “superiores” como la ciencia. Esta liberación de las garras de las ciencias así llamadas “básicas” ya la apuntaron en su momento Walter Vicenti y otros. El diseño es una Ciencia de lo Artificial (Herbert Simon) que opera sobre los productos de nuestra actividad. Y los objetos que se diseñan son cada vez más inmateriales y simbólicos, más ligados a la información y al conocimiento, incluído el conocimiento del proceso de diseño. Así, creamos conocimientos sobre el diseño de patrones de información genética. Es diseño extremo: conocimiento sobre el rediseño de la codificación que …. !ha generado al propio diseñador!.

Manuel Castells en las páginas iniciales de su larga obra “The Rise of the Network Society”, roza el larguero al afirmar que “además y al contrario que algunos analistas también incluyo en el reino de las tecnologías de la información a la ingeniería genética y a su creciente panoplia de desarrollos y aplicaciones. Lo hago, primero, porque la ingeniería genética se concentra en la decodificación, manipulación y posible reprogramación de los códigos de la materia viva pero, también, durante los años noventa, la biología, la electrónica y la informática parecen converger en sus aplicaciones, sus materiales y, de manera más fundamental, en su aproximación conceptual”. Esa “aproximación conceptual” es la de las ciencias de lo artificial, es el diseño. Las ciencias de lo artificial expulsan del centro a las ciencias tradicionales que, en su momento, caracterizaron el orgullo cognitivo de la sociedad industrial y desplazaron a lo religioso y a lo mítico como formas de conocimiento representativas y válidas.

Javier Echevarría ha intentado apresar las características de esta nueva cultura llamándola Civilización Tecnocientífica. La ha descrito como una suma de ciencia y tecnología, aunque quizá se trate de una interacción mucho más compleja que la simple suma. Es una interacción dominada por la tecnología, por el diseño.

Semejante profusión de actividades y procesos productivos centrados en la capacidad de crear conocimiento desde el diseño trae consigo nuevos valores, ritos, formas culturales. Apenas empezamos a explorarlas. Un anticipo parcial de la matriz de valores y actitudes de esta “cultura de diseño” se puede rastrear en algunos trabajos en torno a la “ética del hacker”. Conviven con otros análisis menos positivos que remarcan los aspectos más oscuros del control y el dominio inherentes a la razón tecnológica. Repiten el milenario discurso sobre la ambivalencia de la tecnología como poder liberador de los viejos dioses pero también de los nuevos demonios. De eso ya hablaré otro día.

En suma, que cuando veo a esos alborozados compradores de cacharros telefónicos Apple me pregunto cuál será su relación con una cultura de diseño, con la tecnología. En tanto participen de forma consciente del proceso de diseño, me sirven como iconos de la nueva cultura. En cuanto meros consumidores pasivos bailando al último son que otros tocan me resultan tremendamente anticuados, nada tecnológicos y, desde luego, en absoluto “tecnólogos”.

2 Comentarios a “Tecnomanía, tecnofilia, tecnofobia y otros trastos”

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