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Sobre por qué todos los profesores deberían poder superar a la tecnología

Cuando yo iba al colegio, el uso en las aulas de los recursos multimedia y cualquier tecnología en general no era algo que formase parte de las técnicas empleadas por nuestros profesores para ilustrarnos. Como mucho, recuerdo haber visualizado alguna que otra cinta de vídeo sobre el beato Ramón Llull, las religiones o, ya en bachillerato, la síntesis de proteínas y cosas por el estilo. No sé si hoy en día las cosas siguen igual, pero creo que la mayoría, sino todos, habremos oído hablar de las bondades de estos medios, de lo mucho que pueden aportar y etcétera, etcétera. Sin embargo, en la universidad, por lo menos en la carrera que intento sacarme, el uso de estos recursos es más frecuente. No me estoy refiriendo al Campus Extens en el cual se nos cuelgan ejercicios, apuntes y demás, sino a los recurridos powerpoints y transparencias que, mediante el uso de proyector, son usados como soporte por casi todos los profesores. A veces incluso nos ponen alguna pequeña animación. Puede que las nuevas generaciones se encuentren, cuando lleguen a la universidad, con maravillosas pantallas táctiles sobre las cuales dibujar simulaciones de sistemas mecánicos.

Todo esto está muy bien, pero, por supuesto, no es suficiente. He tenido buenos profesores, malos profesores y otros que podríamos calificar de “correctos”, y esto es independiente del uso que le den al proyector. De hecho, entre los mejores no son pocos los que apenas sí usan algunas transparencias, y hasta hay alguno que se basta con la tradicional tiza para escribir nombres de bacterias en la pizarra y hacer algún que otro gráfico, mientras que muchos de los peores convierten sus presentaciones de diapositivas en el eje central de sus clases, dándoles todo el protagonismo y convirtiéndose ellos mismos en personajes secundarios. Afortunadamente, existen también los que demuestran que es posible utilizar la tecnología con habilidad para lograr mejores explicaciones, sin aburrir al personal.

En el fondo, el secreto reside en el lenguaje del profesor, tanto verbal como gestual. Los hay que se pasean de un lado a otro sobre la tarima y los que se quedan fijos en un sitio determinado; los que agitan las manos con nervio, con suavidad o, simplemente, no las mueven; los que hablan alto o bajo, rápido o despacio; los que explican más o menos desordenadamente y los que sólo carecen de un índice temático; los que resultan más cercanos al alumno o más distantes. Hay combinaciones de todo tipo, y es esa combinación la que determina que el alumno pueda gozar asistiendo a las clases de una asignatura a lo largo del curso.

Éstas son cosas que, en un mayor o menos grado pueden ser aprendidas. Se trata del arte de la oratoria, que era tratado como tal ya en la antigua Grecia. Si bien no podemos pedir que en cada aula haya un Sócrates y menos un Demóstenes, sería bueno tener docentes instruidos para impartir clase (lo cual, por otro lado, seguro que también mejoraría notablemente sus dotes de conferenciantes y su habilidad para dirigirse a auditorios en general, resultando todo esto beneficioso para ellos mismos). Si los políticos medianamente ambiciosos, incluyendo a los menos carismáticos y aun más faltos de cultura, pueden rodearse de asesores y aprender a dirigirse a parlamentos o a dar mítines, no veo por qué no deberían los aspirantes a profesor someterse a cursos que los convirtiesen en oradores cuando menos solventes.

Siempre son de agradecer las inversiones en tecnologías, pero al menos yo, no sé si seré el único, echo en falta determinadas inversiones en docencia.

Y juro por mi ADN que si yo tuviera la oportunidad de cobrar por transmitir mis conocimientos a jóvenes universitarios seguiría pensando igual.

Uno ha comentado a “Sobre por qué todos los profesores deberían poder superar a la tecnología”

  1. El Abuelo |

    Totalmente de acuerdo. Y yo insistiría en concretar el problema: en el sentido planteado, el quid de la cuestión está en la capacidad de expresión. Un profesor que no sabe hablar, que no se expresa bien, que no utiliza las palabras con rigor, ya tiene la mitad del camino perdido. Y sé por experiencia propia que en el CAP no se presta ninguna atención en absoluto a esta destreza, que sobre todo muchos profesores de ciencias no poseen ni con catalejo.

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