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El Códice de Serafini

Durante años, y supongo que esa es la ambición de todo poeta, he intentado escribir un poema que no signifique nada y que signifique al mismo tiempo, algo. Que no signifique nada concreto, ya existente, común: esa es una versión de la no-significación. Otra puede ser que el poema sólo se remita a sí mismo. La metáfora tiene esa cualidad muchas veces. El gran PERO de todo esto es que debe haber una entrada, algo que permita la interpretación. Nietzsche dice que un siempre quiere que lo entiendan, y al mismo tiempo, que no lo entiendan. Uno escribe para ser leído, claro, pero quisiera crear algo tan singular que, incluso, sería incomprensible.

Esa es la sensación que me deja el Codex Seraphinianus, al que he llegado gracias a un post de John Barry. El códice cuenta un mundo imaginario, ideado entre 1976 y 1978 por Luigi Serafini, un arquitecto italiano, con todo y lengua, alfabeto y números inventados. Investigando un poco por la red, he encontrado alusiones a Tlön, Uqbar, Orbis Tertius, de Borges y varias interpretaciones o presentaciones del códice.

En otro post hablé de que un nodo en una red es, a su vez, una red vista desde lejos, pero que si lo vemos desde la distancia adecuada, descubriremos que no es más que otra red con sus nodos. Hace tiempo, se me ocurrió hipertextualizar un poema, marcándolo todo con enlaces a otros textos, imágenes, vídeo, audio. Lo que descubrí fue la inutilidad de esa empresa: el poema ya es hipertextual, ya es un nodo en sí mismo; lo que pasa es que no vemos la red que en realidad es porque lo estamos haciendo a una escala equivocada. El poema alude a un montón de cosas que ya están en la mente del lector, o que se crean en esa mente en el momento de leer. También puede haber enlaces muertos: la incomprensibilidad de un verso, de un tropo, pero eso depende más bien del lector y su red mental. También descubrí que si yo ponía los enlaces estaba limitando la expansión de la red mental propuesta por el poema y que, si es un poema de verdad, la red que propone debe ser expansiva: eso sólo puede ocurrir en la mente del lector. Básicamente lo que descubrí (sí, soy lento) es que para que una obra sea realmente artística, debe crear redes nuevas, por momentáneas que sean, en la mente del lector. Lo que está claro es que una red mental, por más efímera que sea, es tan real como cualquier otra.

Al principio, pensé que el Codex Seraphinianus no era más que un nodo cuyos enlaces habían nacido muertos, pero viéndolo más de cerca, me di cuenta de que no es así, de que están vivos, aludiendo, señalando, enlazando, abriendo la imaginación a nuevas posibilidades. Es un rizoma: una nada que está de camino a convertirse en algo; un libro de camino a convertirse en mundo; un mundo imaginario de camino a convertirse en mundo real. Esa es también la lección del cuento de Borges al que aludo arriba: un mundo imaginario empieza a convertirse en real, produciendo espanto, sí,  pero también algo nuevo que no pertenece ni a éste ni al otro mundo. La cuestión parece circular y no lo es. No es como cuando llevamos la epistemología tan lejos que se convierte en ontología o viceversa. Es el proceso de conversión y todas las posibilidades que abre. Es el proceso por el cual nos damos cuenta de que lo que parecía un punto negro en el mapa de una red, ese nodo, también es una red.

Para terminar, pongo un ejemplo banal. Miremos el mapa de un país. Las ciudades aparecen como puntos. Si cambiamos de escala, tendremos el mapa de una ciudad. Si volvemos a cambiar tendremos algún mapa de todas las redes que conforman la ciudad, con sus nodos. Podemos llegar hasta el nivel microbiológico, o más allá. Depende del punto de vist, y de la distancia focal.

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