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Las nuevas fuentes del lujo
Cuentan en el diccionario de nuestra abrillantadora Academia que el lujo es aquella cosa que abunda sin ser necesaria. Que abunda, se supone, en tus manos y no en la de otros. Que es también el desbordamiento de superar la posesión de los medios que son normales para conseguir cosas. La palabra y la idea de lujo me trastoca: asocio lujo a escasez, por oposición a la abundancia definitoria. Asocio lujo a la aspiración de muchas personas y a miradas insatisfechas. E intento saber lo que es lujo. Busco filósofos de guardia, pero únicamente encuentro reflexiones sobre la riqueza, la escasez. Lo ignoro todo. Haré literatura de sensaciones.
Primera: en España todas las casas que se venden (nuevas) son viviendas de lujo. Miren los carteles de las promociones. Puesto que no hay español sin hipoteca ni memoria de calidades, se debe poder deducir con poco riesgo de error que todo español promedio aspira al lujo y, en cierta forma, cree que lo consigue. Es decir, lujo es como alcanzar algo que no soy. No que no tengo, sino que no soy. Es terapéutico: una vez tengo mi adosado en una urbanización con pista de pádel ya creo que soy.
Segunda: memoria de cuando yo creía que sería economista. Es decir, un autor. Los bienes de lujo son aquéllos de elasticidad precio mayor que uno. Que quiere decir, si ustedes nunca han hecho derivadas, que un bien es lujurioso cuando ante pequeños cambios en los precios se modifica mucho la cantidad demandada. Sólo tienen que pensar en las angulas y darse cuenta de la cantidad de años que hacen que no las toman. Yo es que recuerdo una época no tan lejana en la que el bar de la esquina de mi casa, un sitio de manteles de papel, te las ponía aunque no fuera domingo.
Tercera: como experiencia sensorial. Al extinto Pedro de Toledo le preguntaron una vez qué era el lujo. Él contestó: “entrar en una tienda de ropa y no mirar el precio”. Desde siempre he tomado ese punto de referencia para decir que para mi el lujo consistía en irme al aeropuerto, subirme a un avión y no mirar el precio. Sería para fugarme. O para ver el mundo. Los profesores de economía te enseñan que esto tiene también que ver con el nivel de ingresos. Sencillamente, que si ganas más es fácil que entres en otro nivel de precios que antes te era prohibitivo y, por tanto, lujurioso.
Una polémica que ya ha desaparecido pero que la recuerdo sin memoria digital que echarme a un enlace, era la de que en España no se leía o no se accedía a los libros y la cultura en general porque era cara. Digamos que algo lujoso, por no ser imprescindible para comer y, por tanto, su consumo un dispendio. Mi madre solía preguntar en voz alta que cómo era eso posible si se comparaba una entrada de teatro o el precio de un libro con una entrada de fútbol. Quizá, como no le interesaba demasiado, no sabía que los aficionados se quejaban y que José María García llamaba de todo a los presidentes ante precios de tribuna equivalentes a mariscadas para cuatro. Pero los campos se llenaban. Así que apunten una cuarta: lujo son cosas que puede que estén bien pero que no sirven para nada. Es decir, el arte.
Mi generación, que empezará a extinguirse: irse a Londres, no les cuento a Nueva York, era lujo. Subirse a un avión ya lo era. Comprar ropa todos los meses, también. Zara y sus similares se han encargado de que podamos parecer que somos sin ser: cortes de última para parecer Madonna o Clooney. Discos y libros. Supongo que toda esta gama de posesiones y experiencias son las que se aspiraba a tener sin preguntarse por el precio. O, por lo menos, eran las mías. Publicar un libro: ser ungido. Salir en la televisión: Gran Hermano y los videoblogs demuestran que empieza a carecer de misterio.
Quinta: misterio. El lujo es misterio. Es la ignorancia de una experiencia que se ensueña y que ha de ser, qué duda cabe, la quintaesencia. Luego, sexta: el lujo es la maximización de la sofisticación. O de la rareza. La contemplación y los mármoles del Taj Mahal son el lujo más excelso que he visto y palpado.
Martin Varsavsky es un rico de los buenos: de los que lo han hecho ellos mismos. Un tratadista británico, James Edward Meade, a la sazón premio Nobel de Economía, publicó un librito sobre cuestiones de impuestos y gasto público que me hizo leer un profesor que terminó siendo senador del PP. Siempre le recordaré por eso y no por su periplo político, ni siquiera sé si lo sigue siendo. Como Varsavsky tiene hijos e hijas, viene a cuento. Meade defendía un impuesto de sucesiones alto para los ricos que no tuvieran descendencia o pocos hijos, porque observaba que los ricos educaban mejor que los pobres. Esto tiene que ver con la renta disponible: si tienes pocos ingresos, no puedes invertir mucho en la educación de tus hijos. Por lo tanto, su capacidad para generarse buenas rentas por sí mismos es inferior. Así que una política pública por la igualdad debía fomentar la educación entre los pobres para que tuvieran pocos hijos y los educaran mejor, al tiempo que debía fomentar la natalidad de los ricos para que dividieran su fortuna entre más partes al tiempo que esos herederos están más educados.
Hete aquí que la hija de Varsavsky se ha podido encontrar con una nueva fuente de lujo. Séptima: darse el lujo. Darte el lujo de no existir para la red. Si no tienes móvil, si te regodeas en buscar máquinas de escribir para tener textos que sólo pueden estar en papel y asumes la vulnerabilidad de su pérdida, de transformación en tonos amarillos inalcanzables, sólo para el que tenga las llaves del cajón donde guardas tu diario secreto, adquieres misterio. Tienes misterio y te puedes sofisticar si tu casa no aparece en los mapas, si no se encuentra tu número de teléfono, si nadie sabe quién hace tu ropa, si no sales en ningún video… “me pidió para su cumpleaños una máquina de escribir ya que le fascinaba el tema de ver salir cada letra, una tras otra”. Si se tienen todos los materiales, si hasta puedes recoger albahaca de tu terraza, si todos los versos de Shakespeare y cada capítulo del Quijote está en la punta de los dedos, si Rostropovich y Rubenstein tocan para ti cada noche, si tus amigos de Boston aparecen en tu pantalla y sabes cómo van sus arrugas y de qué se ríen hoy, quizá las nuevas aspiraciones del lujo, o de la elegancia, sólo pueda ser permitirse estar desconectado, poseer cosas desconectadas y relacionare con desconectados. Como un secreto.

Voy creyendo que tiene vd. mucha razón, el mayor lujo es alcanzar el estado en el que uno puede decidir que se le deje buenamente en paz; si puede ser en aquel rincón increíble del Egeo que un día educó nuestra retina, pues mucho mejor, si encima se pueden elegir viandas, embarcación y compañía, eso es ya el Parnaso oiga.
Es que ya es ubicuo todo lo que me gusta y lo que ha desaparecido (angulas) es inalcanzable. Por tanto, sólo puede quedar el lujo de no ser, de no estar. Es decir, como los ricos de verdad, que casi nadie sabe quiénes son.
Eso de los pobres, los ricos, las herencias… ¿eso es darse el lujo de la provocación?
Conozco alguno que nada en la abundancia del anonimato.
Para nosotros sí que es un lujo inalcanzable: exhibirse sin dejarse ver? Sin dejar rastro?
Efectivamente, la ideas es que prácticamente es el únic lujo verdadero, además de una vivienda que mire al mar y no tenga esa visión contaminada por el desorden y la destrucción