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Los Simpsons, la antiserie
A estas alturas parece absurdo elaborar un manifiesto acerca del interés sociológico de una serie como Los Simpson, sátira de la sociedad americana y, por ende, de cualquier sociedad moderna situada en la órbita del euro y del dólar.
Lo realmente interesante es reseñar que esta serie, que no cumple ninguno de los preceptos de las series modernas, ha conseguido aguantar dieciocho temporadas en emisión (y sigue sumando), y está a punto de estrenar largometraje. La serie nació como entreacto de El show de Tracey Ullman, pero pronto la familia adquirió entidad propia y se convirtió en serie. Se programó en horario de máxima audiencia, algo que no pasaba con una serie de animación desde Los Picapiedra, y el resto es historia.
Con más de trescientos personajes, argumentos absurdos y guiones enrevesados, la serie se salta todos los parámetros básicos que harían de ella un producto convencional y consigue de esta forma mantenerse fiel a su espíritu crítico. Desde diciembre de 1989, fecha del estreno, los espectadores hemos sabido valorar la innovación y hemos aceptado de buen grado el cambio de protagonismo de Homer a Bart y la evolución del diseño de los personajes; hemos asumido temas que son considerados tabú (drogas, homosexualidad, desnudos, violencia, muerte,…); hemos aplaudido las referencias friquis y los cameos de personajes. En resumen: nos hemos reído de nosotros mismos pasando por alto todo tipo de incongruencias. Para que luego digan que los espectadores no valoramos productos que nos hagan pensar. ¡Eso quisieran algunos!
