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Sobrevivir a los tiempos
Antes ya publiqué aquí un artículo sobre la biblioteca total. En él decía que me encantaría poder encontrar todos los libros en mi ordenador, conectado a la red, en cualquier parte del mundo. Esto me permitiría viajar con la obra escrita de la humanidad (la que sobrevive) en una cajita de menos de dos kilos de peso—comparado con los miles de toneladas de papel que debería llevar conmigo si quisiera hacerlo de la manera antigua. Hubo algunas respuestas sedentarias a aquel artículo, en las que se alegaba el placer del libro-objeto, olerlo, tocarlo, etc. Y a mí también me encantan los libros, o para usar la palabrilla técnica, los códices. Si pudiera, ¡viviría en una biblioteca! Y ahí se encuentran mis dos instintos, o mis dos mitos (no sé donde leí que lo que en los animales es instinto, en los humanos es mito) contradictorios: la biblioteca y el viaje.
Bien, pues ahora existe la posibilidad de que dejen de ser contradictorios. Sí, hay que ceder por los dos lados; no puedo llevar conmigo libros-objeto y mis viajes se ven en gran medida limitados a sitios donde haya internet a precios asequibles. Pero, ¿no es genial la posibilidad de que las dos corrientes se unan para crear un gran río de conocimiento en movimiento?
Esta semana, sin embargo, quería comentar algo sobre la pérdida de textos en las épocas de cambio tecnológico. Entre los siglos I y IV de la era presente se hizo la transición del rollo al códice. Esta permitió pasar de libros de dos dimensiones a libros de tres. Me explico: en un rollo la información se extiende a lo ancho y lo largo del contínuo papel (o papiro) que lo compone; en un codice ocurre eso, pero también podemos pasar con facilidad a la página 529 a buscar una información que nos es útil ahora que vamos en la 23. Tiene profundidad. Ahora, con la internet, podríamos decir que tenemos una combinación de las dos técnicas y algo más: leemos en pantalla como si fuera un rollo ϑ pero podemos buscar información en los índices tipo Google como si fuera un códice, pero podemos acceder a esa información en innumerables lugares; el hipertexto añade una especie de cuarta dimensión.
Si se han fijado en las fechas de la transición del rollo al códice, coinciden con el advenimiento del cristianismo. Durante este enorme cambio cultural mudaron las prioridades del conocimiento y ésto condujo a la pérdida de muchos textos de la antigüedad. No me voy a poner aquí a echarle la culpa a los cristianos porque eso pasa en todas las culturas y todas las épocas. El caso es que era muy caro y llevaba mucho tiempo pasar los textos de un soporte a otro, y sólo se hizo con los que importaban de verdad a la gente de la época.
Otro cambio fundamental llegó en el siglo IX, cuando se inventó la escritura en minúscula y la separación entre palabras. Hasta ese momento, toda la escritura era en mayúsculas y con las palabras juntas. La nueva tecnología permitía leer más rápido y con mayor claridad, al tiempo en que cabía más información en cada página, lo cual abarataba los libros, ya que se hacían con pergamino, material costoso. De nuevo, se hizo el trasvase de los libros que le importaban a alguien con el suficiente dinero como para mandar copiarlos. Sin contar los distintos cataclismos de siempre (incendios, terremotos, guerras, saqueos, desidia e ignorancia) Los demás, en su mayoría, se perdieron; muchos pergaminos fueron raspados para borrar el texto anterior y escribir encima uno nuevo, más interesante o útil en ese momento. Esto.
La imprenta salvó muchos libros porque abarató los costes de reproducción y permitió diseminar ejemplares por todo el mundo. Si una biblioteca se incendiaba, en otras se encontrarían los mismos títulos; se pierden ejemplares, pero no los textos. La cuestión es que en un momento de cambio tecnológico, la obra que no hace la transición al nuevo soporte tiene todas las de desaparecer. Nadie me garantiza que la Biblioteca Nacional de mi país va a sobrevivir si pasa cualquier cosa; se perderían ejemplares únicos que podrían ser de utilidad en el futuro para algún estudioso. Ahora en cambio, tenemos la posibilidad de copiarlos y ponerlos en red, distribuir el almacenamiento y reducir el riesgo de pérdida. Y no me refiero sólo a salvar los textos, sino también a preservar la forma en que se dan sobre la página. Los filólogos, los paleógrafos, los historiadores y los que hacen estudios cognitivos saben lo importante que es esto.
Quien haya leído hasta aquí (y quien no) se preguntará: ¿Y Colom por qué nos habla siempre de bibliotecas, viajes y todas esas obsesiones suyas? Bueno, sí, son obsesiones mías, pero también es mi obsesión la gestión del conocimiento. Como humanos somos conocimiento y materia (espíritu y carne, si ustedes quieren), y no puedo dejar de pensar que el ADN también es eso, de cierta manera: información y materia. Entonces, si preservamos el conocimiento, estamos manteniendo el ADN de la especie: es cuestión de supervivencia.
