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Otro conocimiento

Más conocimiento

Acabo de leer un artículo en el New York Times acerca de la extinción de muchas lenguas a nivel mundial. Al parecer, desaparece un idioma cada dos semanas. Con él, se va todo el conocimiento desarrollado por esa cultura, o dicho mejor, lo que desaparece es la forma en la que esa cultura, utilizando una expresión muy de moda, gestionaba el conocimiento.

Los Kallawaya, de Bolivia, por ejemplo, hablan quechua o español en su vida diaria, pero conservan su idioma, que es el que utilizan para gestionar sus conocimientos médicos, basados en el uso de plantas, animales, minerales y terapias. Sabemos que las empresas farmacéuticas globales envían equipos de investigación a América del Sur para ver qué provecho pueden sacar de este tipo de conocimientos, luego patentan lo que les puede servir y excluyen a los gestores iniciales del conocimiento de su propia riqueza.

Los países de Sudamérica necesitan replantearse la gestión del conocimiento de una manera que abarque a todas las culturas que pueblan el continente, protegiendo sus conocimientos y aprendiendo de ellos, además de la forma en que son transmitidos y gestionados. Hasta que algo así no se empiece a dar, la mayoría de los planes para paliar la pobreza serán superficiales, y con el tiempo, inútiles. Un informe reciente del Banco Mundial, demostrua que la principal riqueza de las naciones es intangible, en otras palabras, es el conocimiento y sus aplicaciones lo que más riqueza aporta a un país. Mucho más que la industria y que los recursos naturales.

Los Kallawaya son médicos itinerantes. Detentadores de un conocimiento nómada. Y las instituciones que se crearan para conservar, ampliar y gestionar el conocimiento en Sudamérica deberían serlo también, o por lo menos aprender de ellos. La tecnología hoy lo permite. No hace falta mantener costosísimos archivos físicos (aunque tampoco hay que dejarlos de lado completamente), lo que hace falta es entrenar personas en una nueva forma de entender la producción del conocimiento. O más bien, en una forma antigua de entenderla, pero que ha perdido terreno frente a la comercialización del conocimiento basado en las instituciones jerárquicas y las patentes. Me imagino a los nuevos sabios latinoamericanos, entonces, pensadores e investigadores nómadas, que trabajaran con conocimientos más amplios, de manera más bien ecológica (en el sentido de entender el conocimiento como un ecosistema que forma parte del ecosistema), en grupo (más como una tribu que como equipos de especialistas), serían más parecidos a los sabios de la antigüedad que a los especialistas contemporáneos.

Con esta nueva forma de entender el conocimiento y de vivir con o en él, se preservarían las culturas de América, que podrían llegar, de nuevo, a florecer y aportar un nuevo bienestar a sus integrantes. Se incorporaría el acervo americano a la cultura global. Y los americanos seríamos de nuevo los que deriváramos los beneficios de la riqueza de nuestros territorios. No las compañías transnacionales con su piratería legalizada.

Esto no significa que haya que dejar de lado la ciencia occidental. Hay que aprovecharla también. Todo el conocimiento es útil, de una manera u otra. Y no hay por qué empobrecerse por un lado para enriquecerse por otro. El conocimiento no es un juego de suma cero, sino de acumulación y, sobre todo, gestión. El conocimiento nómada, que es el que predomina en las culturas autóctonas de América, necesita gestores nómadas: personas que se entreguen al conocimiento, no personas a las que el conocimiento les sea entregado, con el correspondiente título, la licencia cerrada que permite a unos ejercer activamente su conocimiento, y a otros ser meramente usuarios y clientes.

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