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Colaboración y colaboracionismo

Estoy en contra de la guerra petrolífera de Irak, aunque entiendo las razones por las que se inició. Una vez iniciada la guerra, sin embargo, el compromiso con el país invadido debe ser total. Y ahí es donde han fallado, escandalosa y absolutamente, los norteamericanos. Se pensaron que aquello sería coser y cantar, produciendo una enciclopedia de la estupidez que el mundo tardará varias generaciones en superar, si bien no en ampliar (cada año saldrá un suplemento nuevo).

Sin embargo, lo que me ocupa aquí es algo que me ha llamado la atención. El Pentágono está enviando antropólogos y demás profesionales de las ciencias sociales para ver si logran entender, sobre el terreno, a la gente de Irak y de Afganistán. Esto me gusta. Es como si la maquinaria de guerra estadounidense hubiera admitido, por fin, que antes de liarse a tiros o dejar caer las bombas hay que pensar. Y no sólo eso. Antes de empezar a pensar hay que entender a la gente que uno piensa invadir o atacar: es probable que esa comprensión conduzca a otra clase de solución para el conflicto, si no pacífica, quizá sí lo menos sangrienta posible.

Según el New York Times, un coronel de paracaidistas dice que su división ha reducido las misiones de combate en Afganistán en un 60 por cien, desde que trabaja con ellos una antropóloga. Esto da más tiempo a las tropas para establecer un cierto orden, claro, pero a mí lo que más me interesa es que la labor de la antropóloga, basada en la comprensión, ayuda  no sólo a salvar vidas sino a superar conflictos que de otra manera conducirían al uso de las armas. Parece de perogrullo repetirlo, pero la inteligencia suele tener más éxito que la mera fuerza.

A todo esto, sin embargo, hay oposición por parte de muchos académicos estadounidenses que no ven bien que sus colegas ayuden al ejército de su país en sus guerras. Mi opinión al respecto es que la guerra es de todos, de todas, no sólo de Bush y compañía, aunque haya sido su estupidez, rociada de avidez, la que haya conducido al conflicto. En cuanto la población civil se desentiende de la guerra, los militares siempre acaban cometiendo atrocidades, precisamente porque lo suyo suele ser la fuerza antes que la inteligencia.

Lo que ha probado el salvajismo, tecnológico y no, de las guerras del siglo XX, es que nadie está exento de la violencia. Y menos las poblaciones civiles, que han pagado las decisiones de líderes políticos y militares con millones y millones de vidas. Si los civiles pueden aportar sus conocimientos y sus técnicas a la reducción de conflictos, y así salvar vidas, bienvenida sea esa colaboración. O como algunas personas dirán: ese colaboracionismo.

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