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Colaboración y colaboracionismo
Estoy en contra de la guerra petrolífera de Irak, aunque entiendo las razones por las que se inició. Una vez iniciada la guerra, sin embargo, el compromiso con el país invadido debe ser total. Y ahí es donde han fallado, escandalosa y absolutamente, los norteamericanos. Se pensaron que aquello sería coser y cantar, produciendo una enciclopedia de la estupidez que el mundo tardará varias generaciones en superar, si bien no en ampliar (cada año saldrá un suplemento nuevo).
Sin embargo, lo que me ocupa aquí es algo que me ha llamado la atención. El Pentágono está enviando antropólogos y demás profesionales de las ciencias sociales para ver si logran entender, sobre el terreno, a la gente de Irak y de Afganistán. Esto me gusta. Es como si la maquinaria de guerra estadounidense hubiera admitido, por fin, que antes de liarse a tiros o dejar caer las bombas hay que pensar. Y no sólo eso. Antes de empezar a pensar hay que entender a la gente que uno piensa invadir o atacar: es probable que esa comprensión conduzca a otra clase de solución para el conflicto, si no pacífica, quizá sí lo menos sangrienta posible.
Otro conocimiento
Más conocimiento
Acabo de leer un artículo en el New York Times acerca de la extinción de muchas lenguas a nivel mundial. Al parecer, desaparece un idioma cada dos semanas. Con él, se va todo el conocimiento desarrollado por esa cultura, o dicho mejor, lo que desaparece es la forma en la que esa cultura, utilizando una expresión muy de moda, gestionaba el conocimiento.
Los Kallawaya, de Bolivia, por ejemplo, hablan quechua o español en su vida diaria, pero conservan su idioma, que es el que utilizan para gestionar sus conocimientos médicos, basados en el uso de plantas, animales, minerales y terapias. Sabemos que las empresas farmacéuticas globales envían equipos de investigación a América del Sur para ver qué provecho pueden sacar de este tipo de conocimientos, luego patentan lo que les puede servir y excluyen a los gestores iniciales del conocimiento de su propia riqueza.
¿Esta vida es para tí?
Superado el ’síndrome postvacacional’ y ya gozando con los deseos de Lara Rey me vuleve a la cabeza una idea que ya rondaba mientras disfrutaba de la tranquilidad del cuasi aislamiento geográfico: ¿dónden residen las ventajas de vivir en una gran ciudad en comparación con un pueblo en una de las zonas más deprimidas del país?
¿Quizá en disfrutar de excelentes comunicaciones que nos ofrecen la posibilidad de hacer 80 kms diarios sin siquiera pensarlo -sin contar el avión, o el barco-? Claro que, es una oferta universal además somos tantos que no queda otro remedio que escatimarle dos horas más al día para llegar a tu destino, con lo que hasta el aeropuerto queda lejos. Y, pensado fríamente, el lugar más alejado del planeta está a menos de 24h de viaje.
Me gustaria tener los problemas de Cataluña
Me gustaría que existiera una red de cercanías en mi ciudad que me permitiera desplazarme por el área metropolitana sin coger mi coche.
Me gustaría que las principales ciudades gallegas estuvieran unidas por un tren de Alta velocidad, o velocidad alta, o un tren electrificado al que se le estropearan las catenarias.
Me gustaría que el tren que me lleva a la capital de Galicia desde Coruña tuviera dos vías para no tener que ceder paso en los apeaderos al que viene en sentido contrario (si, aunque parezca increíble en Galicia todo el tren es de vía única).
